Se ha hecho grande y libre cantando como un pajarillo al sol el tema que ponían en la radio, corriendo cuesta abajo evitando las piedras, levitando las piernas en cada salto de su espítitu, a cada golpe de su mente acalorada.
Contra la pared del Cebollas se ha parado para recobrar, extasiada, la canción de antes.
– ¿Que te pasa Carmelilla que vienes tan contenta?, le dice desde el banco un viejo conocido.
– Hola Andrés, ¿Se echa una carrerilla conmigo hasta la Caleta?
– Dando cojilás todavía te gano niña, dice el viejo entre toses y risas. Ven pacá y descansa que estoy esperando aquel nublo pa echar a andar la cuesta.
Mirando hacia el cielo calizo que nos dejó la primavera, derecha como una vela, Carmen recobra la compostura y se sienta sonriente al lado del viejo, a quien besa en la mejilla temblorosa, como a pariente. Mira al cielo y calcula nuevamente cuanto tiempo tiene en la parada.
– El 31 lo coge allí justo y te deja en la plaza Larga, o es que ya se ha gastao el billete en el bar, Andrés, que pa eso no le falta, concluye enseñando todos los dientes que puede.
– ¿Donde ibas como las locas, resabionda?
– A Graná a ver a la Sensi que ha parío un niño mu hermoso, enfocando su sonrisa a los pies del viejo.
– Pues cantando y saltando cuestaabajo vas a llegar al hospital más mellá que una pava.
– No diga usted eso que estoy mu contenta Andrés, tres días llevaba mi cuñá de parto y por fin anoche los médicos le sacaron el cacho crio, que dice mi primo que parece un güarrillo con mucho pelo.
– ¿Yo te he contao lo que llorabas cuando nació tu hermano Antonio?
Tras el humo de un microbús, de los que suben a San Miguel bajo, pasa una moto y dos chicos con rastas aligerando el paso, se ajustan las mochilas...
– No me lo ha contao.
– Mentirosa estas hecha, pues te lo voy a recordar pa que disfrutes. Tenías tú seis añillos, dos trenzas rubias que te estiraban los ojos cuando te escapabas de tu madre (mira ya corrías como ahora), y siempre llevabas un bolso de tela como relicario. Te ponías a hablar con cualquiera en la calle diciendo, “hola me llamo Carmela”, para después preguntarlo todo sin discreción alguna.
Pues fue nacer tu hermano chico y la niña se hizo formalica de golpe. Ni jugar querías ya con las vecinas. Ni siquiera inventar canciones.
– Menos mal que me eché a formalica tito, si no no se que hubiera sio de mi.
– Que razón tienes mi niña, aunque el viejo de la barriga no lo has perdío. Tu hermano se estropeó con tanto alago, y tan poca letanía, cuantas más fechorías inventaba, más escusas encontraba tu padre para esconderlo.
– Ay Andrés, ¿y a que vienen ahora estas cosas tristes? ¿No querrá usted enturbiarme el día recordándome desgracias?
– No mujer, cogiéndola del brazo en una pausa, no le he agradecío yo veces a la Aurora que se te torcieran los antojos.
Ella lo mira sin querer mostrar su asombro. Lo acaricia en la espalda sin saber .
– Anda vete que me tengo que ir al gimnasio.
– Si me dejara lo acompaño y me lo explica mejor, porque no he pillao naica.
– No te preocupes, con el vinillo se me ha soltao la pierna y verás como me pongo allí antes que tú llegues al Triunfo. Y de lo otro, tienes edad pa ir viendo las cosas.
Por las palabras del viejo en su cabeza le pitó un coche en Fray Leopoldo, y todavía rumiando sentimientos comenzó a llorar entrando al Clínico.
Se sentó ante los escalones de mármol, amarillos de tantos pasos, y por una vez sintió que la rabia se le había ido, acostumbrada como estaba a bajar la sién cuando recordaba la envidia que le asignaron por su hermano, hasta que lo terminó creyendo.
– No si al final tendré que estarles agradecía después de tó,
se dijo sin ver que un tipo la miraba extrañado. En él vió a Andrés sonriendo. Con aquel recuerdo saltó hacia la pasmada puerta de acceso al hospital. Apretando las manos contra su vientre, entró en un ascensor que repartía olores por aquella mole. Recomponiendo su cara, tranquila y como mas sabia, y más mayor, agradeció a su tío aquella leve parada en el cebollas, y tantos años ahí.
Cuando cogió el pasillo de la cuarta planta que le dijeron, vió a su novio mirando al movil, depié contra la pared, y tras cerciorarse que allí no había nadie, lo abrazó casi por sorpresa sin saber que había recibido la certera lección de un viejo, que en ese momento rumiaba contentillo porque daba paso a otra vida en Granada.